Brasil mete la marcha atrás Giovanna Henrique Marcelino
Durante el último medio siglo, las fases históricas de Brasil han engendrado sucesivas generaciones políticas. La radicalización de junio de 2013 fue diferente, sin embargo, de la protagonizada por movimientos como Diretas Já! y Fora Collor!, activos respectivamente durante las décadas de 1980 y 1990 tanto en lo referido a su contexto como a sus resultados. La radicalización de 2013 no encajó en el patrón más amplio de los levantamientos revolucionarios acaecidos en América Latina, ni surgió como respuesta a un gobierno neoliberal. Por el contrario, siguió a una década de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva, que combinó la reducción de la pobreza con un amplio proceso de financiarización y el estallido de escándalos de corrupción. Además, este intenso periodo de protestas masivas precedió a un traumático bandazo hacia la derecha de la política del país: primero con el golpe blando contra Dilma Rousseff perpetrado en 2016 y luego con la elección de Jair Bolsonaro en 2018. El proceso de formación generacional se desarrolló, pues, en aguas turbulentas. A diferencia de los anteriores, se vio obligado a lidiar con una confusa dinámica de pivotes y retrocesos ideológicos, que casi diez años después han culminado con el regreso de Lula a la presidencia en esta ocasión en coalición con su otrora rival, Geraldo Alckmin.
¿Cómo podemos interpretar las ambigüedades de este periodo de radicalización? ¿Por qué una rebelión nacional, impulsada sobre todo por jóvenes y sectores populares precarios y enfrentada al establishment político, fue subsumida finalmente por las fuerzas de la reacción? Y, ¿qué relación tiene todo esto con el gobierno entrante del Partido de los Trabajadores (PT)? Mi opinión es que junio de 2013 representó un punto de inflexión en la historia de Brasil durante el cual se agotaron diversas estructuras políticas e ideológicas, pero no surgieron otras nuevas.
